29 de Abril Expansión
En los
pasillos de la Dirección General de Fiscalidad de la Comisión Europea (DG
Taxud), se ha producido una fuerte declaración de intenciones política que
amenaza con resucitar un Impuesto sobre Patrimonio europeo. Un exhaustivo
informe de 180 páginas marca un antes y un después en la estrategia de la
Unión. Bruselas no solo reconoce que la riqueza se está concentrando en el
"top 1%" a un ritmo superior al resto del mundo, sino que ha diseñado
una hoja de ruta técnica para que los Estados miembros graven a las grandes
fortunas en sus territorios.
El
diagnóstico que presenta el documento es polémico. Advierte que mientras
las clases medias europeas han visto cómo sus ahorros se estancaban, la riqueza
privada en la UE ha crecido exponencialmente en las últimas tres décadas. El
informe señala que la concentración de patrimonio se ha convertido en una "característica
estructural" del paisaje económico europeo, planteando una pregunta
incómoda: ¿pueden los actuales marcos fiscales garantizar la justicia social?
La respuesta que llega desde Bruselas abre la puerta a un nuevo debate sobre la
fiscalidad del patrimonio.
Durante años,
cualquier intento de gravar a las fortunas ha chocado con el mismo muro: el
miedo a la huida de los contribuyentes y la caída de la inversión y la
recaudación. Sin embargo, Bruselas sostiene que esto es un dogma que no tiene,
a su juicio, evidencia empírica. El informe insiste en que las respuestas de
movilidad internacional ante subidas de impuestos son "a menudo
exageradas" por los lobbies económicos.
El texto
opina que los efectos negativos sobre el ahorro o la iniciativa empresarial son
"modestos" y que, si el impuesto está bien diseñado, puede
incluso fomentar un uso más productivo de los activos. Con este movimiento, la
Comisión quiere allanar el camino para que los gobiernos pierdan el miedo
escénico a las reformas fiscales.
Tres pilares
Bruselas no
propone un modelo único, pero sí define las condiciones para que el
gravamen fiscal a las fortunas sea exitoso y no un mero gesto de cara a la
galería. La hoja de ruta se asienta sobre tres pilares fundamentales:
Por un lado,
apunta al fin de la ceguera administrativa. La Comisión señala que un impuesto
a los patrimonios es inútil si la administración no sabe dónde están los
activos. Por ello, urge a la creación de registros de activos de alta calidad,
al intercambio automático de información y a la creación de unidades
especializadas en grandes fortunas dentro de las agencias tributarias. La
tecnología y la digitalización son, para la Comisión Europea, las armas
definitivas contra la opacidad y el primer elemento a implantar antes de
articular un supuesto impuesto al Patrimonio.
En segundo
lugar, el informe señala a bases amplias y umbrales altos. El documento
analiza los fracasos del pasado -como en Alemania o Suecia- y concluye que el
error no fue el impuesto en sí, sino la cantidad de exenciones. La propuesta
del documento es clara. Bruselas quiere impuestos dirigidos exclusivamente a
los muy acaudalados, con umbrales de entrada elevados para no castigar a la
clase media, pero con una base imponible amplia que no deje escapar acciones,
arte o inmuebles de lujo bajo el paraguas de beneficios fiscales.
En tercer
lugar, el informe da una importancia vital al escudo de los impuestos de
salida (exit tax). Para evitar que la presión fiscal provoque una mudanza de
última hora a otras jurisdicciones, Bruselas apuesta por reforzar estos
instrumentos. Estos impuestos gravarían las ganancias no realizadas cuando un
contribuyente traslada su residencia al extranjero, garantizando que la riqueza
generada en suelo europeo contribuya a las arcas públicas del continente.
La batalla
del relato
Quizás el
aspecto más novedoso del informe es su dimensión estratégica. La Comisión
dedica un apartado a la "economía política" de los impuestos,
sugiriendo a los gobiernos cómo ganar la batalla de la opinión pública.
El documento
recomienda transparencia total: informar a la ciudadanía de que estas medidas
afectan a un porcentaje ínfimo de la población (el mencionado 1%) y explicar
detalladamente cómo se utilizará esa recaudación para financiar el Estado de
bienestar. Según los experimentos citados en el informe, cuando el votante
comprende que el impuesto no le tocará el bolsillo a él, sino a las fortunas
milmillonarias, el apoyo social a la progresividad fiscal se dispara.
¿Hacia la
armonización?
Aunque el
informe tiene la cautela de no imponer una ley única -la fiscalidad sigue
siendo competencia soberana-, el mensaje entre líneas es una invitación a la
armonización entre los Estados miembros. Al mencionar que la competencia fiscal
entre regiones erosiona la base nacional y genera injusticias, Bruselas está
pidiendo orden.
España es una
'rara avis' en Europa
Mientras
Bruselas diseña su hoja de ruta técnica, la realidad política en los Estados
miembros muestra una fractura profunda. El reciente y tajante rechazo del
Senado francés a un impuesto del 2% sobre fortunas superiores a 100 millones de
euros ha supuesto un jarro de agua fría para las tesis redistributivas. Pese
a las efigies de magnates clamando '¡Taxez moi!' frente al Palacio de
Luxemburgo, el Gobierno de Macron se ha alineado con el "no",
consolidando una tendencia europea de desmantelamiento de estos tributos que ya
siguieron Alemania, Suecia o Austria. Este escenario deja a España en una
posición de rara avis. El espejo galo refleja la resistencia interna en el
corazón de la UE. Europa, desde los años 90, ha ido borrando el impuesto al
patrimonio de sus leyes.